miércoles, 29 de junio de 2011

CLUB DE LECTURA






Desde este mes, formo parte del Club de Lectura de Adaceco. El club de lectura de Adaceco, al igual que cualquier otro club de lectura, lo conformamos un grupo de personas de Adaceco que nos reunimos una vez al mes para comentar e intercambiar opiniones acerca de un libro que hemos leído previamente en casa.



En las reuniones debatimos las impresiones que hemos tenido cada uno de nosotros acerca del libro: los personajes, la temática, la moraleja (si hay), etc. Para mí es muy interesante formar parte de este club de lectura porque anima a la lectura, y además, las reuniones mensuales que tenemos para debatir los libros que vamos leyendo nos proporciona otras visiones diferentes del mismo libro, que sin duda no tendríamos si no existiesen esas reuniones. Como bien dicen por ahí, cuatro ojos ven más que dos, y en nuestro caso concreto, 26 ojos ven más que dos.



El pasado viernes nos hemos reunido para poder hablar sobre el primer libro que hemos leído y que se titula "C. El pequeño libro que aún no tenía nombre", de José Antonio Millán. Es la historia de un librito que se preguntaba porque no crecía como los demás, porqué era diferente, dónde estaba el problema. Por ello, fue a preguntarle a la Enciclopedia para ver si podía aportarle alguna solución. Pero tras varias aventuras, se dio cuenta de que no y de que como aún era joven podría decidir lo que quería ser: si una guía de viaje, si una novela de aventuras, etc.,... Y, tal y como se lo dijo su abuelo, si era diferente, era diferente y punto. No era un problema. Aún que es un libro infantil, forma parte de esas historias que, tomándolas a un segundo nivel, dan mucha miga ya que el librito se asemeja mucho a cualquier niño que es o se siente diferente. Y lo importante es que ese niñito, aunque sea diferente, no debe sentirse acomplejado ni mucho menos preocupado. No todos somos ni tenemos que ser iguales. Ser diferente no tiene por qué ser un problema, incluso puede ser una virtud. Además, ahí (en la diferencia) radica nuestra autenticidad. Y por supuesto, esta moraleja no sólo tiene por qué aplicarse a los niños, sino también a nosotros, los adultos.


Manuel Nogueira

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